justo a tiempo.

lunes, 4 de agosto de 2008

A un cadete acostumbrado a las corridas la vergüenza ya le pisa los talones, lamentando el precio
de sus confesiones
va esquivando ejecutivos
por Florida.
Mientras cruza sin mirar
las avenidas
se martilla la cabeza sin piedad.
Vuelve con los ojos
llenos de perdón,
pero es demasiado tarde
y ella le da
un beso de esos
que humillan a la soledad.